Calvinismo Monetario parte II: "La Teoría Monetaria moderna en juicio"
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Calvinismo Monetario parte II: "La Teoría Monetaria moderna en juicio"

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Esta es la segunda parte de una serie de 4 artículos que revisarán la historia del dinero, su importancia en las sociedades y una demostración del por qué el actual sistema financiero está colapsando. En este capítulo nos explica por qué la Teoría Monetaria moderna esta en juicio y el importante papel que estarían jugando el desarrollo tecnológico y las nuevas generaciones en la transformación del dinero.

Puedes revisar la primera parte aquí

Fue escrito por Daniel Villablanca, co-fundador de Solar Chile y Ex Country Manager de Microsoft Chile, además de ser un estudioso y difusor de la economía digital.

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Teoría Monetaria Moderna en juicio

La serie de crisis financieras de los últimos 100 años son el perfecto ejemplo de este recurrente circulo vicioso de percepción de aparente auge económico, las apropiadamente llamadas burbujas, que tarde o temprano acaban por desinflarse, típicamente de manera violenta. Porque como es ya sabido, los mercados y las economías reales ascienden al tope del ciclo por la escala, pero descienden por el ascensor.

A diferencia de los economistas de la escuela monetarista que han propugnado desde la gran depresión financiera de 1929, una creciente intervención en los mercados financieros vía manejo de las tasas de interés (actualmente tasas negativas, algo intuitivamente difícil de asir), y emisión monetaria creciente, la escuela austríaca ha pasado a un segundo plano en el siglo xx, y en muy reducidos reductos académicos ha tenido el espacio para florecer. Esto no significa que dicha escuela no haya tenido oportunidad de desplegar sus principios. Todo lo contrario. Como botón de muestra, la olvidada y desconocida Depresión de 1920.

Dicha recesión financiera se desató en EEUU y algunos otros países después de la primera guerra mundial y, entre otras causas, fue agravada por el masivo retorno de los veteranos que no alcanzaron a ser absorbidos por una economía que lentamente venía deteniéndose después del brutal y extendido flagelo europeo. El presidente Harding, exitosamente, adopta una política de laissez-faire, combinada con una reducción dramática del Estado y el gasto público, consiguiendo revertir la crisis, transformándose así en la última crisis que el gobierno no haya intentado aplacar con una intervención monetaria vía reducción de tasas de interés, emisión masiva de deuda e impresión de billetes.

Una buena idea puede cambiar el mundo

Varios siglos antes, la cercana connivencia del poder eclesiástico con el poder absoluto de reyes, cardenales y señores feudales, marcó buena parte de la edad media, y trajo junto a ello una serie de opresiones sobre súbditos que de otra manera sin acceso directo a la curia y sus prerrogativas, escasas oportunidades poseían de acceder no sólo a sus dispensas e indulgencias, sino también al cielo. Todo aquello cambió con las reformadoras y refrescantes ideas primero de Lutero y luego Calvino, quien con sus panfletarios y audaces actos de postear sus airados reclamos en las puertas de las iglesias de Ginebra (como siempre ocurre cuando de verdaderas revoluciones se trata), desencadenaron cambios sustanciales en la manera en que la fe era administraba por parte de las autoridades eclesiásticas, y devolvió a muchos creyentes buena parte de sus rituales. Más importante aún, generó necesarios diálogos y cuestionamientos al escandaloso camino que el granjeo de las prebendas estaba tomando. Con la ruptura entre jerarcas, reyes y el Vaticano, y la inevitable escisión de las Iglesias, contemplamos así (si no la más importante a la fecha), una de las primeras desintermediaciones del poder, en las así llamadas Reformas, devolviendo la fe de regreso a sus usuarios, los creyentes.

Y así como hace medio milenio, parte fundamental del problema es que los gobiernos y los legisladores tienen incentivos perversos al controlar un poder enorme representado por la capacidad de endeudar las economías mundiales no sólo inundando los mercados con exceso de dinero, sino hipotecando de paso el bienestar de las futuras generaciones a través de deuda siempre creciente, que no es otra cosa que traer a valor presente consumo e inversión futura. Ni mencionar la distorsión de la realidad y los efectos que generan las tasas de interés extremadamente bajas o negativas sobre proyectos de inversión zombies que son evaluados a tasas de descuento bajas y que repentinamente son sujetos de inversión. Como Warren Buffet aseveró famosamente hace un tiempo, “cuando la marea se retira, descubrimos quienes han estado nadando sin traje de baño”. Un buen ejemplo de este fenómeno, son las declaraciones de economistas de renombre, representantes de la élite monetaria actual tales como el Nobel de Economía Paul Krugman que asegura que “la deuda es dinero que adeudamos a nosotros mismos”, y no consumo futuro y empobrecimiento de las siguientes generaciones como pareciera ser evidente. Es interesante recordar que el mismo economista planteó en 1998 que “el crecimiento de la internet se desacelerará dramáticamente. Hacia 2005 aproximadamente, se hará evidente que el impacto de Internet en la economía no habrá sido superior al del fax”. El problema con los expertos es que lo son casi siempre en la versión obsoleta del mundo.

Como en toda revolución que remueve los cimientos del status quo, ya sea por mera suerte o coincidencia, el cambio tecnológico ha sido un actor central y habilitador del cambio. Y la Reforma no fue una excepción. Hace su ingreso triunfal, la invención de la imprenta.

Sin la masificación del libro, las ideas de Calvino no habrían llegado más allá de algunos cantones suizos. Se sabe que fue tal la proliferación viral de la imprenta que en solo unos años, miles de libros comenzaron a circular, muchos libremente, entre la sociedad europea. Y más rápido aún lo hicieron los panfletos. Se cuenta que Calvino en varias ocasiones recibió en el curso de apenas unas semanas, versiones perfectamente impresas de sus manifiestos, con elegante tipografía, que él enviaba en forma privada, manuscrita, vía correspondencia a su círculo más íntimo. Viralidad estilo siglo xvi en acción.

De manera que algunas revoluciones tienen su tecnología habilitante, estimulando su alcance e impacto. Aunque no todas las tecnologías han sido benévolas. La revolución francesa tuvo a la guillotina. Durante la revolución mexicana un general inventó el rifle automático. Y por supuesto otras revoluciones, no del todo políticas o religiosas, han generado sus propias tecnologías más allá de lo imaginable, destacándose sin lugar a dudas entre ellas la Revolución Industrial, que de manera extraordinaria dió a luz al mundo a la máquina de vapor, el teléfono, el automóvil, el avión y la ampolleta, entre otros. Todo lo anterior de paso allanando el camino para la preparación psicológica hacia el Capitalismo.

Redes sociales y alzamientos populares

Mirando los sucesos del devenir de la humanidad de los últimos siglos desde la distancia, se nos hace cada vez más aparente aquello de “la historia no necesariamente se repite, pero sin duda rima”, y que una vez más, crecientes voces disidentes están voceando palabras de alarma. Que el capitalismo está a la deriva. Que como cualquier modelo de negocios, este ordenamiento económico requiere de cambios, adaptaciones y pivotes, ajustes en su marcha, a riesgo de caer el jinete liberal lastimosamente del corcel capitalista que le sustenta. Peor aún, a riesgo de ser reemplazado en su marcha triunfante por el populismo, quién qué dudas cabe, quisiera ocupar su lugar camino al despeñadero.

Sintomáticos son los crecientes alzamientos populares y manifestaciones violentas en las calles de las principales capitales, molestia social que el mundo ha venido presenciando en los últimos años. No es sorpresa que los diagnósticos han fluido como un torrente entre el caos, la paralización de la actividad normal de las ciudades y la estupefacción de autoridades, clase política y empresarial, y la elite en particular. Y es del todo natural que la confusión sea lo único concreto y claro, pues estos alzamientos no se están dando en los países más pobres del mundo. Todo lo contrario, dichas economías son al menos pujantes, y se están dando también en el primer mundo donde se supone las cuestiones básicas están resueltas hace ya mucho tiempo. De igual modo en economías en vías al desarrollo que han desplazado grandes partes de su población desde la pobreza a un mundo de mayores oportunidades y creciente bienestar. La perplejidad aumenta al observar que además los gatillantes de dichas explosiones no han sido en la forma grandes reivindicaciones o demandas sociales gruesas, significativas, sino todo lo contrario, como en un big bang, se ha liberado mucha energía social a partir de apenas unos chispazos de baja energía, alzas insignificantes en tarifas de transporte, combustibles, o algún comentario desafortunado por parte de alguna autoridad. Ya sea en Hong Kong, Madrid, Líbano, Irán, Sao Paulo o Santiago y de seguro los que vendrán crecientemente en otros sitios, el malestar se repite incesantemente en un enjambre difícil de interpretar.

Una de las claves pareciera estar, una vez más, en la incapacidad de las generaciones anteriores, y que aún sustentan el poder y no lo quieren entregar aún so pretexto de la manida excusa histórica que las nuevas generaciones no poseen la experiencia, o se equivoca, o está siendo manipulada por el bando enemigo, en dar apropiada lectura a las inquietudes de una generación que ha nacido en un mundo radicalmente más libre, sí, opulento también, globalizado qué duda cabe, tecnologizado al hartazgo, pero también expuesto a una serie de amenazas, a juzgar por el calentamiento global, pandemias que pueden literalmente paralizar el funcionamiento de la actividad normal de las naciones como estamos observando en vivo y en directo, y varios otros fenómenos, con una enorme concentración de la riqueza gentileza del efecto Cantillon, una clase política crecientemente infiltrada por la corrupción y el mercantilismo, y lo más grave, instituciones antaño intachables pero que ahora se desmoronan bajo el propio peso de su incapacidad de conducirse según sus ideales y aspiraciones originales.

Sin aún saber qué forma tomará este cambio epocal (llamémosle así por ahora), y que pareciera estar en pleno desarrollo, se puede aseverar que la revolución digital en sus distintas formas y evoluciones ya está al centro de su vorágine. Algunos le llaman la 4ta Revolución Industrial. La 1era habría utilizado agua y vapor para mecanizar la producción, la 2da la electricidad para masificar la producción, la 3era la electrónica y las tecnologías de la información para automatizarla. La 4ta, argumentan, es más que una simple proyección de la revolución digital, en la que predomina una fusión de lo digital, físico y biológico, pero a escala exponencial.

Lo fascinante, sin embargo, pareciera estar en explorar qué tipo de fenómenos sociales traerá consigo. Se pueden adivinar muchos, equivocarse en otros tantos, pero poco se arriesga si aventuramos que algunas de las principales fuerzas en acción son la desintermediación de todo y, como corolario, la descentralización y el ocaso de las estructuras verticales con su propia consecuencia, la horizontalidad que ello trae.

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