Calvinismo Monetario parte III: "La gran disrupción pendiente"
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Calvinismo Monetario parte III: "La gran disrupción pendiente"

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Esta es la tercera parte de una serie de 4 artículos que revisarán la historia del dinero, su importancia en las sociedades y una demostración del por qué el actual sistema financiero está colapsando. En el presente artículo nos situa en el ambiente actual de la digitalización de las finanzas y de la disrupción de las criptomonedas y en especial de la gran fuerza que trae Bitcoin.
Puedes revisar la primera parte aquí y la segunda parte aquí
Fue escrito por Daniel Villablanca, co-fundador de Solar Chile y Ex Country Manager de Microsoft Chile, además de ser un estudioso y difusor de la economía digital.
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La gran disrupción pendiente

Nuestra revolución más reciente, la digital, ha sido sin duda la gran habilitadora del actual capitalismo globalizado que se encuentra ya en su 30 aniversario, arbitrariamente fijando su despegue en la caída del muro de Berlín. Si bien la Revolución Digital adquiere así su nombre con el advenimiento de la Internet y la Web en los años 90s y su democratización del acceso a la información, entretención, y disrupción de todos los datos y comunicaciones hasta la fecha, no ha hecho otra cosa que “pararse sobre los hombros de gigantes”. En efecto, eventos como la segunda guerra mundial y el cifrado de comunicaciones, la carrera espacial y la miniaturización, la guerra fría y la balística, los mainframes con su procesamiento de datos de gestión corporativa, la masificación del computador personal con su extensión al escritorio y a los hogares son procesos previos que en ausencia habrían al menos retardado o hecho infactible el actual estado de las artes. El punto cúlmine de esta desenfrenada expansión, aún en curso, es la “movilidad” acarreando consigo al celular, que permite a millones de usuarios saltarse del todo la experiencia del computador personal como si éste jamás hubiese existido.

Uno de los principios más fascinantes formulado hace ya casi un siglo, es el de la “creatividad destructiva”, popularizado por el integrante de la escuela austríaca Joseph Schumpeter en su libro “Capitalismo, Socialismo y Democracia”, que no sólo no cesa de estar vigente, sino que crece a medida que la revolución digital disrumpe incesantemente industrias, multinacionales, status quos, modelos de negocios, productos y servicios, y de paso también nuestras costumbres. En el ojo de este huracán (Schumpeter le llama “borrasca”) está sentado el emprendedor con sus ideas innovadoras, que, si exitoso, reemplaza a lo viejo con lo nuevo, e incluso puede desplazar a compañías bien establecidas. Ejemplos sobran. Una tras otra las industrias tradicionales han debido adaptarse, en el mejor de los casos adoptando tempranamente nuevos modelos de negocios y tecnologías, y en otros, siendo aplanados literalmente por la innovación y el cambio exponencial. Como la mayoría de las industrias están ya en proceso de disrupción, es más fácil hacer un listado de aquellas que aún no lo han sido. Entre ellas, destaca la Banca y Servicios Financieros, la Salud, la Justicia, y los Servicios Gubernamentales en general. Agregaría a éstos, la Política. Cuando un emprendedor innovador busca oportunidades, un terreno fértil siempre será aquel en que la calidad del servicio sea deficiente o desigual y el cobro desmedido. Creatividad Destructiva al acecho.

Una nueva forma de dinero para los tiempos

Entre algunas de las preguntas que los innovadores se hacen frecuentemente, están: ¿Después de el agotado dinero fiduciario, qué? ¿Volveremos al patrón oro? ¿Existen mejores formas de dinero? ¿Puedo ser mi propio banco? ¿Existe algún tipo de activo de refugio que sea inconfiscable? ¿Cómo bancarizar a los más de 2 mil millones de personas que no tienen acceso a una cuenta bancaria o medio de pago? ¿Es posible hacer una transferencia de dinero de aquí a las antípodas en forma fácil, rápida, segura, con bajo costo un sábado por la noche desde mi celular?¿No sería lógico dejar a los algoritmos la administración de los contratos que nos rigen, sin estar sujetos a las interpretaciones sesgadas de las respectivas partes, y al riesgo moral? ¿Podremos algún día monetizar todos los activos de valor que existen, en particular los físicos, y no sólo las acciones y la deuda? ¿Un cuadro? ¿El talento de la joven promesa?

En el medio de la respuesta a estas preguntas, está una frase formulada hace unos años por un visionario actor de la industria: “el software está engullendo el mundo_”._ Hoy podríamos agregar, “los algoritmos y la inteligencia artificial están adivinando el mundo_”_. Y lo presenciamos a diario en cómo el trabajo presencial, acceso a la información, entretención, socialización, comercio y tantos otros irremediablemente han convergido en la digitalización del quehacer humano. Lo inusual no es que Netflix esté desplazando a la TV y a los cines, Amazon a las librerías, Uber a los taxis y Zoom esté demostrando que la mayoría podemos trabajar desde nuestros hogares. Causa al menos extrañeza que después de 25 años de crecimiento exponencial de la Internet y el móvil, no esté ampliamente difundida alguna forma nueva de dinero o moneda nativa digital independiente, que no sólo atienda a las demandas transaccionales, sin necesidad de recurrir a tarjetas plásticas altamente inseguras que son sujeto de estafas reiteradas, o cuentas corrientes de difícil acceso en bancos que funcionan sólo unas horas al día y permanecen cerrados los fines de semana, generando fricción en los pagos, el comercio y la seguridad de dichas transacciones. Sobra mencionar que el dinero depositado como saldos en los bancos es una obligación o pasivo de éstos para con sus clientes, y por ende los saldos monetarios no nos pertenecen como todos solemos pensar. Remítase a experiencias de feriados bancarios, corridas, corralitos y confiscaciones de todo tipo a cambio de bonos devaluados en materia de semanas, si no días.

Llegará un día en que nuestros nietos se asombrarán con nuestras billeteras, chequeras y tarjetas, por la materialidad de todo aquello, pues no podrán concebir cómo la digitalización de todo excluyese por décadas el uso masivo de monedas digitales, análogamente como a las actuales generaciones se les haría difícil concebir una inflacionaria República de Weimar de principios del siglo xx, donde incluso la billetera era insuficiente para procurar el pago de los salarios cada dos días. Intente con una carretilla, literalmente.

Aparte de algunos ejemplos como China en que más del 80% de las transacciones diarias de usuarios es a través de pagos electrónicos (prácticamente imposible usar billetes o tarjetas de crédito), basta aclarar que dichas transacciones digitales son electrónicas en su medio de transporte, pero continúan utilizando dinero fiduciario, sea ya yuanes, dólares o euros, y no constituyen dinero digital nativo y, una vez más, sujeto a las mismas deficiencias y falencias descritas anteriormente.

En consecuencia, mejor atendidas estarían también las nuevas generaciones digitalmente intuitivas y nativas, si migrásemos hacia un sistema monetario no tan sólo más responsable, deflacionario, descentralizado y seguro, sino además fácil de usar, de libre acceso, independiente y sobretodo, soberano. Cortesía de la revolución digital.

Entre las nuevas y revolucionarias monedas digitales nativas, hay una que sobresale y representa, cada día que transcurre, la mejor promesa de responder a algunas de las inquietudes anteriormente planteadas. Después de operar ininterrumpidamente por 11 años, Bitcoin se ha alzado como la mejor forma de dinero que hayamos visto.

Bitcoin es un experimento fascinante, pero de alguna manera sigue siendo eso, un experimento. Como tal todavía tiene posibilidades de fallar. Sin embargo, las probabilidades que ocurra aquello son probablemente menores a 10%, y es que después de 10 años de funcionar correctamente sin interrupción, con más de 60 millones de usuarios, incorporando a más de 1 millón de nuevos adeptos por mes y transando más de US$ 2 mil millones por día en todo el mundo, tiene buenas posibilidad de triunfar.

El estado actual de esta nueva forma de dinero es similar al estado de Internet en los 90s. Entonces, Internet era muy incipiente y experimental. Y al igual que con los primeros días de Internet, hay muchas afirmaciones audaces sobre cómo la cadena de bloques de Bitcoin revolucionará el mundo y resolverá una serie de problemas. Algunas de estas afirmaciones son exageradas o incorrectas. Aunque por el momento la mayoría de nosotros sentimos que no entendemos completamente tecnicismos como la cadena de bloques que la sustenta, con el tiempo todos lo haremos tan bien e intuitivamente como entendemos hoy la Internet. Si tiene éxito, los usuarios iniciales que desarrollaron esta comprensión y esta intuición tempranamente, tendrán una ventaja sobre aquellos que tardaron más en hacerlo.

Para comprender sus principios básicos comprendamos qué cambió cuando la cadena de bloques comenzó a ejecutarse en enero de 2009. Todos los componentes separados de Bitcoin (clave pública criptográfica, bases de datos distribuídas, bases de datos abiertas, tokens y prueba de trabajo) existieron muchos años antes de que Bitcoin se activase. ¿Qué cambió cuando esta moneda entró en funcionamiento? Qué era nuevo y potencialmente revolucionario? Lo único que cambió, que puede ser potencialmente revolucionario, es que todos esos componentes se combinaron de una manera nueva, creativa e inteligente para crear la primera plataforma computacional potencialmente soberana. Hasta ese momento, todas las plataformas de computación pertenecían a una persona, a una empresa o a un gobierno y esas plataformas tenían que obedecer a la voluntad de sus propietarios y las reglas de la jurisdicción donde residían. Un soberano sólo obedece a su propias reglas, nadie puede imponer reglas a un soberano. Reyes y reinas solían ser soberanos, luego los estados nacionales los desplazaron y se convirtieron en soberanos y ahora, por primera vez, una modesta plataforma informática aspira a ser igualmente soberana. Eso es potencialmente revolucionario.

Bitcoin es soberano en el sentido que nadie puede cambiar las transacciones que ya existen en su base de datos y nadie puede evitar que el sistema acepte nuevas transacciones. Los principales recursos que aseguran su soberanía son los mineros y los nodos. Si una computadora portátil fuese la única computadora que soportara dicha moneda en el mundo y también fuese el único nodo en el mundo, no sería una plataforma soberana, y nadie podría confiar en ella. Los mineros y los nodos de la red se aseguran que cada transacción sea válida, que no se creen nuevas emisiones de la nada, etc. Cuantos más mineros y más nodos se unan a la red, más independiente se hace.

Otra de las características de Bitcoin es su antifragilidad. Frágil no es lo opuesto a robusto. Cuando pensamos en robustez, se nos viene a la mente todo aquello que es resistente, sólido, duro. La solidez puede resistir los embates, pero es susceptible de resquebrajarse. Antifrágil es una condición de las sociedades, personas, tecnologías y en general constructos humanos que tienen la capacidad de no sólo solventar amenazas, fuerzas y ataques de manera resiliente y grácil, sino además construir resistencias, defensas y respuestas apropiadas, adaptándose a amenazas que garantizan su supervivencia basados en la experiencia. Así, la estatua de la Libertad en NY es una estructura robusta, pero lo que ésta representa, la libertad del hombre y las naciones, es antifrágil. Detrás de dicha resiliencia hay claramente una voluntad de aprendizaje, adaptación y respuestas sensibles. Uno de los mejores ejemplos de la adaptabilidad de Bitcoin es el ajuste de dificultad que cada cierto tiempo, y en forma automática según algoritmos inteligentes, aplica sobre la dificultad de minar sus bloques transaccionales en función de la mayor capacidad computacional o mayor número de nodos que se incorporan a la red. Si aumenta el poder de procesamiento de la red, aumenta la dificultad que enfrentan los mineros para ganar nuevas monedas cada vez que se completa un bloque cada 10 minutos (premio por minar o mantener la red ágil y segura). Otra propiedad única de la red es que para ir tendiendo en el tiempo hacia los 21 millones de unidades que como tope serán emitidos, se realiza un ajuste cada 4 años en la cantidad de monedas con las que son recompensados los mineros en cada bloque. En su inicio, 50 unidades, luego 25, actualmente 12.5 y en mayo de 2020 bajará a 6.25 unidades, y así sucesivamente hasta converger a cero. A diferencia del dinero fiduciario, Bitcoin es deflacionario. Si aumenta la demanda, dado que su emisión será siempre finita en 21 millones de unidades, necesariamente deberá subir su precio. En este sentido, podríamos aventurar que tiene algunas propiedades “darwinianas”.

En el mundo de la criptografía, es muy común usar la palabra “descentralizada”, a menudo aclamada como un fin en sí misma, cuando en realidad la descentralización es el medio por el cual Bitcoin logra el objetivo final de la soberanía.

Hoy, su red consume más de 5 GW de electricidad al día, lo que es igual a la producción total de electricidad de la planta hidroeléctrica más grande de los Estados Unidos. A menudo este alto consumo de electricidad es usado como una crítica debido a su impacto en el entorno. La mayoría de estas críticas están fuera de lugar: por un lado un porcentaje amplio de la energía utilizada es cada vez más renovable y por otro, el valor de Bitcoin para la sociedad es proporcional a su consumo de electricidad. Si no utilizara toda esa electricidad, no sería soberana y por ende no tendría valor alguno.

Los mineros se aseguran que la cadena de bloques sea confiable y la protegen de ataques y se les paga en monedas digitales por hacerlo. Si eliminásemos esta recompensa, la mayoría de los miembros de esta gran plataforma dejarían de soportarla y, por lo tanto, no sería muy robusta y soberana. En círculos corporativos, especialmente en instituciones financieras, se ha puesto de moda decir “estoy interesado en la cadena de bloques que subyace detrás de esta moneda, pero no en Bitcoin”, que es lo mismo que decir “estoy interesado en la web pero no estoy interesado en Internet”, sin comprender del todo que la web no podría existir sin la Internet que la sustenta.

La pregunta entonces es, ¿dónde puede agregar valor una plataforma soberana? Por ejemplo, un sistema de identidad. Preferimos no guardar toda nuestra información de identidad (nombre completo, número de identidad nacional, fecha de nacimiento, nombre de nuestros padres, nombre de nuestros cónyuges e hijos, nuestra dirección, información de pasaporte, información de pago, etc) en nuestro celular, que se puede hackear fácilmente. Un sistema soberano que nadie pueda corromper o controlar y que mantenga nuestra información segura y que nos consulte antes cada vez que alguien requiera alguna porción de dicha información, podría ser valioso. Y de paso reemplazar a las notarías del mundo. O permitir que muchas personas puedan por fin acreditar el dominio sobre una propiedad, un terreno, como ocurre con millones de personas en la India. Con estos ejemplos, simplemente estamos tratando de ser creativos y adivinar otros posibles casos de uso, y es seguro que a juzgar por la innovación que está ocurriendo en la industria, aparecerán muchas aplicaciones que no podemos imaginar ahora. Y existen así muchísimas aplicaciones actualmente en desarrollo, siendo la más obvia Bitcoin como un medio de pago, entre otras.

Pero hay un caso de uso que tiene mucho sentido y, de hecho, ya está funcionando bastante bien, y es utilizar esta plataforma soberana para ejecutar un sistema global de valor y liquidación que es en lo que se puede convertir Bitcoin, la moneda. Similar a lo que fue el oro durante 2.000 años y similar a lo que ha sido el dólar estadounidense durante los últimos 70 años. Bitcoin es potencialmente superior al oro (que no se puede utilizar para comprar un café en la esquina, entre muchas otras limitaciones) y al dólar como un estándar apolítico global de valor y liquidación porque nunca habrá más de 21 millones de unidades bitcoins y porque es abierto e incensurable. Nunca habrá más de 21 millones de unidades porque se ejecuta en una plataforma soberana para que nadie pueda cambiar o alterar (y de paso, inflacionar), ese número. Además, no es censurable porque se ejecuta en una plataforma soberana para que nadie pueda modificar las transacciones que ya existen en el sistema y evitar que el sistema acepte nuevas transacciones. Esto permite una libertad económica sin precedentes de la misma manera que internet permitió una libertad sin precedentes de acceso gratis a información. El oro tiene la ventaja que es tangible y muchas personas (especialmente las mayores, quienes tienden a tener más capital) prefieren algo físico que puedan tocar. El oro también tiene a su favor el que ha existido por milenios, y podría ser difícil para Bitcoin competir con esa historia y reputación. El dólar tiene la ventaja que ya es fácilmente entendido y aceptado globalmente. Sólo el tiempo lo dirá.

Bitcoin no es un activo. No produce ganancias ni dividendos y no genera intereses. Es simplemente dinero y la mayoría de las formas de dinero no tienen valor intrínseco. Como ya dijimos, el oro, el dólar y las monedas nacionales no tienen valor intrínseco, pero porque han tenido un valor monetario durante mucho tiempo, la mayoría de las personas tiende a percibirlos como inherentemente valiosos, lo cual es una gran ventaja. El obstáculo principal entonces que Bitcoin tiene que sortear para tener éxito es desarrollar una percepción social generalizada similar de valor y lograr esto es un objetivo bastante ambicioso.

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